La mujer en las Artes Gráficas

En el momento que nos decidimos a publicar estos breves apuntes sobre la relevancia de las mujeres en el arte de imprimir percibimos enseguida la escasa documentación que sobre este tema íbamos recogiendo. Y también, que en cualquier época, la mujer en cuanto ha tenido oportunidad ha sabido competir y estar a la altura de los mejores profesionales.

Actualmente, gracias al reconocimiento del derecho de la mujer a tener su independencia económica y la posibilidad de acceder a toda clase de profesiones, también en la Artes Gráficas empiezan a no ser excepcionales los casos de mujeres que están al frente de imprentas importantes, o bien llevan una máquina de offset, y no digamos maquetando en los ordenadores. Y de siempre, en la sección de manipulado su pericia y habilidad han sido notables para el mejor acabado de toda clase de impresos.

Se atribuye al mismo Gütenberg la descripción del arte de hacer libros “sin el auxilio de caña, estilo o pluma, sino por el maravilloso acomodamiento, proporción y armonía de punzones y tipos”. Tal como figura en el colofón del libro Catholicon, impreso y terminado en el día de la Encarnación del Señor del año 1460.

Pues bien, no había pasado mucho tiempo de ello, cuando nos encontramos que en el año 1471 ya había unas religiosas que componían los textos escritos por dos monjes instalados en Bagno y Ripoli, en la provincia de Florencia, para seguidamente ser impresos.

¡Ya tenemos a las primeras mujeres cajistas!

Poco tiempo después, otra mujer, también religiosa, Sor María de la Casa, compuso el Morgonte, obra de Luis Pucci, en el Monasterio de Santiago, también en Ripoli.

No es de extrañar que algunas de las primeras y pequeñas imprentas se instalasen en los Monasterios que habían sido hasta entonces, merced a los monjes copistas, los principales, más bien casi los únicos, que se dedicaban a transmitir el conocimiento haciendo e mayor número posible de copias escritas a mano.

Más tarde, en París, “siempre París” como dice Ingrid Bergman en la película “Casablanca” que por su belleza y su arte merecía ser impresora, Del futto instaló la “imprimiere des femmes”, que no empleaba más que personal femenino.

Marquesa de Pompadour, por Boecher

Y siguiendo en “la dulce Francia” nos encontramos, en 1745, con Juana Antonia Poisson, más conocida históricamente por su título de Marquesa de Pompadour que le otorgó el rey Luis XV al hacerla su amante favorita. Su poder no tuvo límites, sirviéndose de el para ayudar a los enciclopedistas y proteger las artes en general. Afortunadamente, se sintió especialmente atraída por el arte de hacer libros y quiso tener una imprenta particular, No tuvo más que hacerle una sugerencia al rey para que éste ordenara inmediatamente que un selecto equipo de impresores de la Imprenta Real instalara un pequeño taller en un departamento contiguo a las habitaciones particulares de madame Pompadour.

La primera obra que se imprimió en este principesco taller fue “Rodorune, Princesse des Parthes” tragedia de Corneille, y lleva por pie de imprenta “Au Nord, 1760” por la razón de estar situado al Norte del departamento donde se estampó. Esta curiosidad bibliográfica fue realizada bajo su dirección y contiene un aguafuerte de Boucher grabado por ella misma.

Cruzamos el Canal de la Mancha y nos vamos a Londres, para allí conocer a Emily Faithfull, que vivió de 1835 a 1895 y está considerada como la primera y principal promotora del movimiento feminista en Inglaterra.

Trabajó incansablemente por conseguir para la mujer los mismos derechos de que disfrutaba el hombre. Y, harta de que todos los editores le cerraran sus puertas, aprendió el oficio de cajista y fundó una editorial con imprenta propia donde estampaba sus propios libros, siempre en defensa de la mujer.

En 1877 salió a la calle el periódico West London Express, creado por ella, así como la imprenta donde se hacía y en la que únicamente trabajaban mujeres.

Fue fundadora de la Sociedad de Mujeres Impresoras y la reina Victoria la nombró su editora e impresora.

Viendo las fotografías de entonces de aquellas manifestantes sufragistas con paraguas en la mano y faldas cubriéndoles hasta los tobillos, nos imaginamos sus dificultades para correr cuando los “bobis” la emprendían a porrazo limpio con ellas para disolver sus manifestaciones. Quizá por ello, unos cien años más tarde, otra londinense, Mary Quant, acordándose de sus abuelas, nos obsequió con el invento de la minifalda.

Juan Solís fundó en 1603 una famosa imprenta en Barcelona, que a principios del siglo XIX era propiedad de Tecla Pla, viuda, siendo administrada por Vicente Verdaguer, el cual tenía una hija, Francisca, la cual aprendió el oficio de cajista, llegando a competir en maestría con los mejores oficiales de la época.

La Junta de Defensa de Cataluña, ante la invasión napoleónica, tuvo la necesidad de una imprenta volante y Francisca se ofreció voluntaria para hacer de cajista e impresora. Al entrar los franceses en Tarragona, se hallaba nuestra protagonista en plena actividad y tuvo suerte que respetaran su vida y no le impusieran otra pena que la de obligarle a componer un parte oficial diciendo lo contrario del que ella estaba componiendo.

Al terminar la guerra se casó con un inteligente impresor, José Bocabella, que llegó a ser regente de la misma imprenta de la viuda de Pla. Esta buena mujer, a falta de sucesión directa, nombró herederos suyos a la hija y yerno de su administrador, y de esta manera llegó a ser propietaria de los chibaletes en los que tanta ilusión puso por aprender.

A mediados del siglo XIX, concretamente en el año 1958, una delegación de impresores ingleses visitó las imprentas soviéticas, donde pudieron comprobar que en todas las secciones la mayoría era personal femenino que accedía a estos puestos de trabajo como cualquier ciudadano, tras un aprendizaje en escuelas especializadas con una duración de cuatro años.

Y siguiendo con países donde el frío es el gran propietario de la mayor parte de los días del año, llegamos a una pequeña localidad canadiense de 501 habitantes, donde una señora, desde la muerte de su marido, compone e imprime el periódico del pueblo con una tirada de 500 ejemplares. La originalidad consiste en que se hizo instalar la linotipia en la cocina de su casa, lo cual le permitía vigilar los pucheros mientras componía.

Claro está que estas cosas pasaban antes de inventarse Internet y sus e-mail y desaparecer las linotipias.

Y escribiendo de viudas, nos resulta curioso comprobar cuántas de ellas, a la muerte de sus maridos, seguían con el funcionamiento de los talleres, cambiando los pies de su titular por el de “Viuda de …” En la Historia de la imprenta en Zaragoza, de Jerónimo Borao, contamos hasta once casos entre 1549 y 1846.

Incluso, a la muerte de Joaquín Ibarra y Marín, el mejor impresor de Europa del siglo XVIII, su taller siguió imprimiendo libros con el pie de imprenta “Viuda de Ibarra, Hijos y Compañía”.

Creemos haber dejado claro, aunque hayan sido escasos los ejemplos reseñados, el interés y afición de las mujeres por las Artes Gráficas. Ahora que las condiciones sociales les permiten acceder a esta profesión en las mismas condiciones que los hombres, nos van a permitir sugerirles que se dediquen a ella con auténtica vocación, ya que no es éste un oficio para ganar dinero (aunque lo imprimamos), sino más bien para disfrutar cada día con el trabajo bien hecho.

 

José Luis Ibargüen del Cura