El arte de encuadernar libros es, con muchos años de ventaja, anterior a la invención de la imprenta y, por tanto, a las propias Artes Gráficas a las que hoy día se halla tan indisolublemente unido.

Nos atrevemos a pensar que, de alguna manera, va estrechamente ligado a la propia invención de la escritura y al deseo por parte del hombre de conservar y transmitir sus ideas a las siguientes generaciones.

Un día remoto de la historia, a un pastor mesopotámico se le ocurrió anotar en dos tablas de arcilla la compra y venta de unas ovejas. Estas tablitas sobrevivieron hasta hace pocos años en que con motivo de la invasión y guerra de Irak el museo de Bagdad fue saqueado y desaparecieron junto a otras joyas arqueológicas y libros encuadernados primorosamente.

Preservar y transmitir los frutos de la memoria, compartir experiencias y conocimientos son algunos de los poderes que encierran los libros y que duda cabe que si los encuadernamos mejor y los guardamos mejor los libros persisten más y la palabra escrita sigue viva, bien en una tablilla de arcilla, en piedra como el Código de Hammurabi, en rollos de papiro, en los libros escritos a mano y encuadernados con el mayor esmero.

Los libros escritos en papiro suponían gran molestia al leerlos ya que era preciso sujetar con ambas manos el rollo para leerlos. La lectura era más incómoda cuanto más grueso fuese el rollo. Eran por término medio de 25 páginas que suponían unos tres metros y medio de largo.

Y quien tuvo la idea de dar al libro la forma que hoy conocemos y disfrutamos fue el griego llamado Philatius, al que los atenienses elevaron una estatua por su genial invención. Un detalle más de porqué a Grecia le llamamos la cuna de nuestra civilización occidental.

Una vez ideada la forma, el conservar las páginas escritas unidas fue ineludiblemente el paso siguiente para el comienzo del arte de encuadernar, tal como se realiza actualmente.

ANTIGUO TALLER DE ENCUADERNACION

ANTIGUO TALLER DE ENCUADERNACION

En tiempos esplendorosos de Grecia y Roma eran los esclavos a quienes estaba encomendada la labor de copistas. Más tarde, en la Edad Media, fueron los monjes y en todos los monasterios existía el “scriptorium”, que era el lugar donde se dedicaban a esta artesana labor hermoseando las obras con dibujos artísticos y haciendo unas encuadernaciones admirables.

Yo llegó la invención de la imprenta y las encuadernaciones tuvieron que adaptarse rápidamente a la avalancha de trabajo que se les vino encima y sacar los libros terminados para imprimir lo mejor encuadernados posible, dejándose de florituras como cuando solo tenían que encuadernar uno o dos libros al año.

Y en seguida, en el año 1470, el notable impresor alemán Ulbrich, presentó el primer libro con signatura en la primera página de cada pliego a fin de facilitar el alzado de los mismos en la encuadernación.

Desde entonces la evolución maquinaria industrial para la encuadernación de libros, bien en rústica o de tapa dura forrada con tela o con piel, ha ido en progreso paralelo al de las Artes Gráficas.

Como detalle curioso se cuenta que durante una recepción, el astrónomo francés Flammarión le fue presentada una señora cuyos hombros y espalda eran de una belleza excepcional. No imaginaba el hombre que ésta señora, al morir, le dejó en su testamento la piel de su espaldapara que encuadernara el primer ejemplar de su próximo libro. Conmovido, Flammarión respetó su decisión y el primer ejemplar de “la tierra y el cielo” fue encuadernado con la piel de la señora.

Un encuadernador excepcional fue Juan Grolière, nacido en Lyon (Francia)en 1479, quien durante su larga estancia en Italia apreció en todo su valor estético las ediciones de Aldo Manucio y contrajo amistad con el bibliófilo Tomás Maioli, gran coleccionista de libros selectos que luego hacia encuadernar a su gusto.

De la amistad fraternal de Grolière y Maioli surgió la reforma estética de la encuadernación de aquellos tiempos cuando Grolière volvió a París e inauguró su estilo personal de decoración libraría, que aún se titula “a la Grolière” valiéndose de la cooperación de Godofreto Thory, insuperable interprete del estilo grolierano y ejecutor fiel de los proyectos del maestro fallecido en 1565.

Otro gran encuadernador francés fue Francisco Désiré, nacido en 1775, llamado “encuadernador poeta”, enamorado de su profesión, sintió la necesidad de enseñar su técnica de encuadernar por medio de versos.

Compuso un poema, dividido en seis cantos, dedicado al oficio que tanto admiraba. El primero de ellos trata de la historia de las encuadernaciones; el segundo, de las encuadernaciones solidas; y el tercero y cuarto tratan del trabajo de la encuadernación; el quinto, sin duda el más importante, lo dedica al marmoreado y corte del libro; y el sexto y último, a las cubiertas, extremando el cincelado de sus versos. La primera edición de éste poema la dedico a su hijo, y la segunda, siete años después, “a todos los amadores de las buenas encuadernaciones”. Falleció en 1839.

Afortunadamente la labor artesanal de encuadernación se ha hecho con un hueco de estos días de dura competencia industrial, en parte al trabajo que proporcionan los periódicos y editoriales en sus ventas por fascículos, a la encuadernación de contabilidades y a que todavía hay personas a quienes gusta conservar bien encuadernados sus libros preferidos.

Y en los centros de jubilados la enseñanza de encuadernar libros es una de las actividades preferidas de la llamada “terapia ocupacional”. ¡Un buen libro bien encuadernado se convierte en una joya!

Y como no podía ser menos, nuestro genial Miguel De Cervantes, del que conmemoramos el IV Centenario de la impresión de la primera parte de “El Quijote”; en el capítulo VI, cuando el ama, el cura y el barbero entran en el aposento donde Alfonso Quijano guardaba sus libros dice: “y hallaron más de cien cuerpos de libros muy grandes BIEN ENCUADERNADOS”

Merecido y agradecido elogio al arte de la encuadernación.